domingo, 9 de noviembre de 2014

Lo que la medicina le debe a la Primera Guerra Mundial

Un soldado raso de las fuerzas británicas, Ernest Cable, llegó a comienzos de 1915 al Grand Hotel de Wimereux en la costa francesa reconvertido en hospital, ya que tenía diarrea sangrantes y sufría calambres estomacales; le diagnosticaron disentería. Murió unas semanas después, pero William Broughton-Alcock, un médico militar, aisló la bacteria que le mató (Shigella flexner) y gracias a ello, se ha podido saber mucho más sobre esta enfermedad que a día de hoy sigue matando a millones de personas. Esta muestra fue de las primeras en llegar a la recién creada Colección Nacional de Cultivos Tipo (NCTC), el primer centro creado en el mundo para estudiar muestras de bacterias y otros patógenos
Veinte años antes de la muerte de Ernest , murió Louis Pasteur; tuvo una gran aportación a la ciencia: el descubrimiento de que, detrás de las enfermedades infecciosas, estaban los microoganismos y no los espíritus o un mal aire. 

El profesor del Instituto para la Malaria del Ejército Australiano, Dennis Shanks, afirma que, para él, aquella guerra fue ''un momento clave en la transición hacia la medicina científica''. En la Segunda Guerra Anglo-Bóer, la vacuna del tifus, uno de los más temidos, aún estaba en fase de investigación. Fue en el campo de batalla donde se ensayó con éxito de forma masiva, y los británicos, que fueron los primeros en implantar un programa de vacunación generalizada, vieron como la ratio de afectados bajó. Sin embargo, sus aliados franceses, que tardaron casi un año más en vacunar a sus tropas, tuvieron casi 14.500 fallecidos. 

Además, cabe recordar que aún no había antibióticos, así que muchos de los avances se apoyaron en experimentos científicos. Científicos franceses separaron a prisioneros alemanes heridos, buscando una antitoxina eficaz contra el tétanos. A unos les dieron una vacuna experimental, mientras que a los otros les aplicaron sólo medidas antisépticas. 

 La guerra también aceleró la investigación de infecciones que aún hoy no tienen una cura eficaz, como la malaria. Entonces, el único tratamiento relativamente efectivo era la ingesta de quinina. El bloqueo naval franco-británico impedía que pudiesen conseguir este preciado polvo amargo por lo que los alemanes se vieron obligados a investigar con fármacos sintéticos, consiguiendo dos compuestos que igualaban la eficacia de la quinina.

Una de las fases más oscuras de esta etapa fue la de las enfermedades de transmisión sexual (ETS). Por aquel entonces el único remedio era la contención y sus principales agentes: curas y párrocos. Los tratamientos eran tan horribles hasta tal punto que muchos preferían sufrir su enfermedad en silencio. Como no había antibióticos, los afectados de sífilis tenían que recibir inyecciones de arsénico, mercurio o ambos diariamente durante 50 días. Los afectados de gonorrea, recibían una irrigación por la uretra de permanganato potásico dos veces al día durante seis semanas.

 A pesar de todo, Shank escribe en sus conclusiones: "Lo que los médicos  de la I Guerra Mundial fueron capaces de lograr con tan pocos recursos más allá de su capacidad de pensar exige respeto. Para evitar la misma impotencia que ellos sintieron en 1918 ante enfermedades infecciosas intratables, deberíamos prestar atención a la evolución de los organismos resistentes a los medicamentos y la necesidad imperiosa de crear nuevos fármacos antimicrobianos".

http://elpais.com/elpais/2014/11/07/ciencia/1415345652_291577.html

1 comentario:

  1. Me complace que de un hecho tan desastroso como fue la I Guerra Mundial, se consiguieran sacar cosas positivas de ella, como las aplicadas a la medicina. Desconocía la mayoría de las enfermedades nombradas, como la disentería o términos como antiséptico; pero con tus aclaraciones y un poco de búsqueda en Internet, me he aclarado; de la disentería, sus síntomas están bien expuestos, pero antiséptico no lo conocía; ahora sé que es una sustancia que ayuda a combatir o prevenir padecimientos infecciosos, inhibiendo el crecimiento y la reproducción de bacterias, hongos y virus que los ocasionan, y que normalmente se aplican sobre la piel (atender heridas, quemaduras y picaduras), pero también se utilizan en mucosas. Había oído que la penicilina de Fleming ayudó a curar a muchos soldados heridos durante la I Guerra Mundial, pero también debería reconocerse la labor de otros científicos, que lograron crear sus medicinas, aún no contando con los antibióticos.
    Por otro lado, esta noticia es ideal para esta fecha, ya que se está celebrando el centenario de su estallido y, a pesar de contener muchos términos médicos, la mayor parte de ellos ya están adquiridos, ya que están relacionados con nuestro tema en esta materia.
    Me gusta la cita de Shank que insta a continuar avanzando para mejorar y perfeccionar los medicamentos, y así combatir a los organismos más rápidamente.

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